A veces una historia comienza con algo tan pequeño que resulta ridículo pensar que algún día podría convertirse en un libro. Una imagen. Una pregunta. Una persona que conocí hace treinta años. Una noticia. Una frase escuchada por casualidad. O, peor todavía, uno de esos pensamientos inoportunos que aparecen cuando uno debería estar haciendo otra cosa: ¿Y qué pasaría si...? Ahí comienza el problema. Porque para un escritor esa pregunta rara vez se queda sola. Primero llega la chispa No todas mis historias comienzan de la misma manera. Algunas nacen de una experiencia. Otras comienzan con un personaje. Algunas aparecen porque llevo tiempo pensando en una cuestión filosófica y descubro que quizás pueda examinarla mejor mediante una historia que mediante un ensayo. Y algunas sencillamente aparecen. Ese primer momento todavía tiene algo de misterioso para mí. Puedo sentarme deliberadamente a buscar ideas, pero algunas de las mejores llegan sin haber sido invitadas. La mente encu...
Read this article in English ↓ El nombre que me dieron Cierra el libro que tienes en las manos y lee la portada. Dice que el autor se llama Z.D. Caballero. Ese es mi nombre de autor. Lo escogí deliberadamente. Tiene un significado, una historia y una razón de ser. Llegaremos a todo eso. Pero antes de hablar del nombre que escogí, tenemos que comenzar por el primero de todos: el que escogieron por mí. Porque así comienza casi toda vida humana. Uno llega al mundo sin nombre. Puede que nuestros padres lleven meses llamándonos de alguna manera mientras todavía estamos en el vientre. Puede que hayan discutido nombres, hecho listas, negociado con abuelas, rechazado sugerencias de tíos y descartado alguno porque conocieron en la escuela a una persona insoportable que se llamaba así. Pero nosotros no participamos de nada de eso. Simplemente nacemos. Y alguien nos nombra. Si yo compartiera mi certificado de nacimiento con ustedes, verían que nací Zurcaled De La Cruz Caballero. —Ajá —dirás...